21 de mayo de 2017

MAMÁ, SIGUES CON NOSOTROS.







Madre mía, te has ido dormida. Nos dejas tu recuerdo agridulce, viva, pero inane, encamada durante años hasta que el corazón se cansó de latir.
La razón me dice que estabas viva y, posiblemente oías, pensabas, querías hablar y no podías…
Y eso, mamá era una muerte en vida. Tal vez sufriste durante esos años. Sé que tu existencia no fue “de rositas”. Fuiste luchadora, tuviste once hijos y espero que no llegaras a saber que otras dos hermanas se fueron antes que tú.




Ahora que has pasado a la verdadera vida, te habrás encontrado con tus seres queridos, los que perdiste en la vida terrenal. Ellos te habrán recibido gozosos de volver a estar contigo, sin el lastre de un cuerpo enfermo y sin remedio. Ellos te confortarán, estoy segura, y hoy ya estás a la derecha del Padre y junto a la Virgen de Fátima, la peregrina, como lo fuiste tú… tantos viajes obligatorios, todos íbamos y volvíamos y tú tenías que adaptarte de nuevo a empezar de cero.





Sufriste en esta vida terrenal, pero quiero que sepas que todos tus hijos te hemos querido y valorado a pesar de los vaivenes de la existencia. Madre, ¿Verdad que morir es como nacer? ¿Qué esta vida es un tránsito hacia la vida verdadera? Como nacimos morimos, no traemos nada al nacer ni nos llevamos nada al pasar a la otra vida, donde no hay dolor, ni enfermedad, ni sufrimiento ni muerte. Verás a mi hijo con su brazo, a tu esposo joven y amoroso, a tus padres y hermanos, a tus hijos, que nos dejaron desolados, y menos mal que no te lo dijimos. Ahora están contigo con el amor que se tiene a una madre, que es inconmensurable. 



Descansa en paz en es nueva vida donde espero encontrarte, a ti, a mis hermanitos, a todos los que quisimos y nos quisieron.
Espérame, mamá… casi tengo la seguridad de que será la siguiente en llegar hasta ti.












 Hasta siempre, mamá



9 de marzo de 2017

MIS HERMANOS

La semana pasada estuve unos días en madrid, en la casa donde está mi madre, aún encamada desde hace nueve años. Volví a verla, le hablé y le di un mensaje de su única hermana viva. Tengo que llamarla para decírselo, y no sé qué me impide hacerlo. No es desidia, lo sé... es que comentar las cosas que se viven, que son un cúmulo de pensamientos y emociones, cuesta. Tengo que obligarme a hacerlo.

Mi madre sigue igual, cada vez más mermada, apenas abre un ojo; y creo que ve y  oye por el oído izquierdo. Si es así, si piensa, sé que está sufriendo. Muchas veces he pensado que tal vez ella esté aún viva —si así puede llamarse— para que sus hijos, nosotros, nos unamos. Y la única forma es vernos juntos y hablar de pensamientos y sentimientos, de nuestro devenir por la vida y tener la voluntad y el valor de expresar el afecto y la compasión.
Resulta difícil, pues desde niños se nos ¿educó? para no exteriorizar emociones, afectos, pensamientos... No sabíamos entonces compartir. Tarde ha sucedido, pero siempre es tiempo de reconciliaciones, de no temer rozar la piel de un/a hermano/a sin que aflorara una especie de vergüenza, timidez o ambas cosas. Hubo cierto miedo durante casi toda nuestra existencia y todos tragábamos, escondíamos cualquier gesto, palabra o expresión. El temor a la burla y al enfado, el miedo al ridículo, nos lo impedía.

Hoy tengo que decir que en esos pocos días todo fue distinto. Para mi sorpresa, al ver a mis hermanos nos abrazamos, nos interesamos unos y otros por los demás; a veces de uno en uno, otras, todos en la misma estancia hablando, riendo y llorando. Confieso que no pude contener el llanto al despedirme. Fueron demasiadas emociones, me sentí arropada y querida... Y no estaba acostumbrada tras tanto tiempo.

Por todo, me alegro de haber ido a ese encuentro que tanto añoré y eché en falta durante demasiados años. Por fin capté la humanidad de ellos y pude descubrir la mía. Siempre quise que fuera así... de manera que, como suele decirse, más vale tarde que nunca. 
AMÉN.

12 de febrero de 2017

MAYA



  
Domingo.
He salido con mi perrita por la zona de mi barrio. He visto un precioso perro —parecía un Golden retriever— en realidad, una perrita llamada Maya. La familia esperaba al abuelo, que llegaba con Maya suelta, alegre y con expresión de felicidad. La perrita fue recibida con alborozo por los niños, la madre y el abuelo, fue besando a sus nietos mientras Maya trotaba y sonreía feliz.

Pensé: Qué felices están todos, comparten la alegría, el paseo y las patatas fritas… 



Miré a Maya y ella contestó con una mirada alegre y sonreía más, si cabe. Entonces sentí mi soledad ensanchándose más y más. Thais y yo nos fuimos alejando para llegar a una avenida donde hay zonas de hierba, donde ella se revuelca boca arriba para levantarse y sacudirse. Siguió el recorrido habitual volviendo a tirarse en la yerba, disfrutando de su frescura.

Tras descansar en un banco del parquecito, volvimos a recorrer el camino inverso hacia casa. Maya y su familia ya no estaban. Por un momento regresó a mi mente el hermoso cuadro amoroso de Maya y su familia, los niños abrazando al abuelo, recibiendo a Maya y la mirada complaciente y feliz de la madre, la nostalgia —creí ver un velo de tristeza en su mirada— del abuelo, que casi con seguridad volvería a estar sólo consigo mismo en su casa; saliendo a tomar el sol en un banco donde coincidía con otros abuelos, unos, callados; otros, discutiendo amablemente sobre esto y aquello:
—En mis tiempos… —y así seguía, volviendo a un pasado que fue presente.

Pueden creer que, sin dudarlo ni un momento, sin avergonzarme ni sentirme menos persona, recordé a Maya y sentí cierta desazón por no ser ella.
Decidí cantarle a Thais para espantar la tristeza.