27 de abril de 2016

TU CUMPLEAÑOS





Hola, Juan, mi querido hijo:
Hoy es el día de tu cumpleaños. Cumplirías treinta y seis, dos más que tu hermano Julen. Seguramente sabes que el año pasado se casó... ¡quién lo iba a decir! Sé que estuviste junto a nosotros; ese día, llevé la pulsera que me regalaste la última Nochebuena que pasamos juntos... como hubieras querido que me la pusiera, por vez primera; antes, estando tú enfermo sin esperanza de curación, no pude hacerlo. La llevé en tu honor con tu recuerdo presente de forma constante, como estás en mi mente y corazón cada día.
Hoy quiero felicitarte, porque sé que lo que llamamos vida no es más que un tránsito a la verdadera, un sueño que en muchas ocasiones se torna pesadilla para volver a esa realidad en la que soñamos despiertos, esperando que lo que más tememos suceda... Y sucedió.
No te preocupes, si eres feliz, estás con papá y mis dos hermanos, los que partieron antes y que tanto quise, celebra con ellos tu cumpleaños.
Verás: voy a poner a continuación uno de los cuentos de los muchos que escribiste para los hijos de tus amigos, ¿Por qué no? Tu mente madura nunca impidió que tu alma guardara al niño que fuiste...
Hasta siempre, hijo mío, mi amor está contigo y el tuyo me serena a veces; otras, te recuerdo, siempre con el orgullo de tener unos hijos como tú y Julen, y doy gracias a Dios por haberte tenido esos años (¡qué cortos!) y tener, ojalá por mucho tiempo, a tu querido hermano. Ahora, tu relato:



La extraña pesca de Jeremías
Juan Urrutia Salanova

Manuel y su hijo Diego salieron a la mar en su viejo barco de madera, como tantas otras veces, pero no sabían que ése no sería un día normal: un extraño personaje estaba a punto de cruzarse en su camino.

Vieron algo a lo lejos, una barquichuela, y en ella un pescador que parecía tener problemas. Se acercaron a toda velocidad para socorrerle y, cuando ya estaban cerca, se dieron cuenta de que sus luengas barbas estaban enganchadas bajo el casco de la embarcación y el pobre marino tiraba con fuerza de ellas.
—Buenos días, ¿necesita ayuda? –Dijo Manuel-
—¡Rayas y centollos, digo, rayos y centellas! No necesito que nadie me ayude, ¿no veis que estoy pescando… ?
—¿Pescando? —Preguntaron padre e hijo estupefactos.
—Esperad un momento y podréis verlo…—Dijo el viejo marino con media sonrisa pícara.

Aquel hombre comenzó a tirar y tirar de sus larguísimas barbas. Por más que lo hacía parecía que nunca terminaba de recogerlas, entonces, un pez apareció entre ellas, y tras él muchos más, todos atrapados entre los recios pelos del barbudo. Tras echar los peces en un gran cesto, ante los ojos incrédulos de Manuel y Diego, sacudió su imponente barba y, haciéndola girar en el aire, volvió a arrojarla a la mar.
—Es increíble, córcholis, caramba… —Dijo el niño asombrado.

Manuel se rascaba el cogote, mientras masticaba un pedazo de carne en salazón, totalmente asombrado. Cuando estaban a punto de marcharse, algo tiró con fuerza de las barbas de este curioso personaje, pero con mucha, mucha fuerza.

—Tengo uno muy gordo, es enorme y tira como un toro, no, como dos toros… ¡Rayos, tira como...! Y no pudo decir más, porque el gran pez le arrastró hasta el agua.

—¡Socorro, auxilio no quiero morir sin desayunar! —Gritó desesperado el marino.

Entonces, un tiburón de más de cinco metros salió a la superficie y comenzó a avanzar hacia el pobre barbudo, mientras se comía sus barbas. Al ver esto, Manuel le dijo a Diego que sujetase el timón y saltó al agua con un machete entre los dientes. Nadó hasta el infortunado pescador y decidió cortarle la barba para poder huir con él.

—¡No, mi barba no, antes prefiero que me coma el tiburón! —Gritaba el pescador.

Entonces Manuel tuvo una gran idea: cogió un largo mechón de la barba y lo ató a la cola del escualo, cortó el mechón y lo amarró con mucha fuerza a la cadena del ancla de su barco. Diego comenzó a subir el ancla, y con ella al tiburón, que de un fuerte coletazo se soltó y salió huyendo, para evitar terminar siendo la cena de nuestros protagonistas. En sus dientes quedó enganchada parte de la barba, con lo que se convirtió en el primer tiburón barbudo de la historia.

—Mi nombre es Jeremías y, como me habéis salvado sin afeitarme a machete, os compensaré con un buen regalo—Dijo el barbudo mientras ofrecía una caja a Diego—. Se trata de un ungüento especial, secreto de familia, que unto en mi barba para atraer a los peces; sólo os diré que, entre otras cosas, lleva queso de cabra.+

Tras dar las gracias a su curioso nuevo amigo, partieron hacia su casa, pescando por el camino enormes peces tras introducir sus carnadas en el apestoso mejunje, que olía como unos calcetines que alguien hubiera usado durante semanas.

Manuel, Diego y Jeremías fueron buenos amigos para siempre, aunque descubrieron que el cebo misterioso no sólo llevaba queso, sino que además era fermentado durante meses dentro de los calcetines de Jeremías, y para colmo mientras éste los usaba.








JUAN, mi niño grande. Sus aficiones fueron la pesca, la mar, la montaña, el senderismo; en otro orden de cosas, leer, escribir —artículos de opinión, relatos, cuentos, ensayos... 
Todo está publicado, —salvo los cuentos para los hijos de sus amigos, que no pudo editar antes de partir a donde la enfermedad, el dolor y la muerte, no existen. TE QUIERO. (Mamá)

1 comentario:

  1. Anónimo16/2/17 2:34

    Juan Urrutia Salanova : Siempre estarás en nuestros corazones ! Siempre te recordaremos !
    Nuestras Bendiciones !

    Jorge Omar Santo Scorpino
    ARGENTINA

    ResponderEliminar